Tomás Paredes – AICA Spain / AECA

Madrid, que ha ganado presencia internacional, ha ido perdiendo ciertos actos donde se exhibía ambuezas de intimidad y adhesiones emotivas. Me refiero al mundo del arte. No hace tanto se hacían presentaciones, lecturas, inauguraciones, homenajes, encuentros donde asomaba un ambiente empático, un tanto familiar, pero, saludable, deseable, loable, memorable.
El pasado lunes, día 18 de noviembre, en la galería Orfila de Madrid, se abrió una exposición de Manuel Avedán, al tiempo que se presentaba un libro homenaje a su andadura plástica y vital. Se anunciaba como autor a Javier Rubio Nomblot, nuestro compañero en la crítica de arte y amigo de tantos años, además de pintor rebelde y comiquero, bien humorado y pertrechado de calidades creativas.
Luego resultó que Javier sólo había escrito unas cuartillas donde explicitaba su conocimiento de Avedán, desde su niñez, cuando iba a las tertulias de su padre. No importa, el acto no perdió chispa. El padre de Javier Rubio Nomblot fue el crítico y poeta Javier Rubio, perito en rejerías, riguroso catador de las delicias estéticas, que dejó páginas espléndidas en el diario ABC y en otros medios audiovisuales. La solercia de Javier Rubio era como esos aromas, elegantes, que uno nunca olvida, por su frescura peculiar y su contención exquisita, sencilla, lene, leve.
El festejo contó con la presencia de Manuel Avedán, que nació en Madrid el 2 de octubre de 1929. ¡Albricias, ahí es nada! Tras los aplausos a su persona, le pidieron que hablara, y con una inocente ternura agradeció la asistencia y la insistencia, exclamando: ¡Me alegro mucho de que les guste mi pintura! Luego intervino Jenaro Argente, pintor, que también participa en el libro, con una referencia a su pintura, que es más de lo que aparentemente representa.
Cerrando el encuentro, Javier Rubio Nomblot recordó que le conocía desde niño y que conserva algún cuadro dedicado a “Javierito”. Rubio Nomblot fue desgranando su memoria y señalando algunas características de la persona y de la obra de Avedán, incidiendo, por encima de todo, en su humor, su ironía, el erotismo limpio y la ternura mollar de un pesimista alegre y confiado. Hizo referencia a una “amarga ternura”, a la emoción que contagia la obra, a esa sutileza de los espíritus nobles y libertarios. Su sobriedad de antaño ha derivado en la ebriedad de cromías de hogaño. Transmitió, con estuosa sencillez, el calor humano que, en tiempos de escasez, rodeó al arte y a los artistas. Rematando con palabras de cariño hacia el autor y la poética de su mundo.
El libro, Avedan, Laimprenta cg, 2024, se acaba de imprimir en Paterna y ha llegado de milagro, tras la catástrofe sufrida en Valencia por las lluvias torrenciales. Además de los textos de Jenaro y Javier, cuenta con una selección de críticas de M.A. García Viñolas, Manolo Conde, José Hierro, Castro Arines, Isabel Cajide, L. Figuerola-Ferretti, Cirilo Popovici, Leticia Martín Ruiz…Una cronología y numerosas reproducciones de sus obras, que arrancan una admiración y una sana sonrisa. Es probable que un pie a las ilustraciones hubiera favorecido.
Manuel Lavedán, Madrid 1929, decidió quitarse la L del apellido para convertirse en una especie de ave lírica y volar mejor en el mundo del arte como Avedán, que suena a padre de los pájaros. Tras peregrinar al Casón y licenciarse en San Fernando, viendo la grisura del ambiente, decidió marcharse a París y descubrir el arte nuevo, el sempiterno erotismo y la vida sin freno y sin dinero. Esa forma de vivir en la que vas a tu aire, orgulloso y arrepentido, porque apenas puedas respirar.
Desde la capital del Sena, donde enriquece su lenguaje, expone en París, Bruselas, Berlín. Se inicia en el collage, marcha a Roma, mostrando su obra en varias galerías, y en 1964 regresa a Madrid, participando en una colectiva con Juana Mordó. Presente en la IX Bienal de Sao Paulo, expondrá en Madrid con Kreisler, pero se vuelve a París hasta 1973.
De nuevo en España, exhibirá su obra en Orfila, Fauna’s, Macarrón, Casa del Siglo XV de Segovia, Casa de Vacas, y publicará dos libros de poesía en la órbita mágica y castiza del postismo: Rimas en Rama, que conozco y Hermano Bicho, que no he logrado encontrar, pero que vi con Antonio Leyva, su amigo, su mentor.

Dice su colega Argente que pudiera haber algunas connotaciones con Richard Lindner. Yo las veo más bien con Klee, Zachrisson, Tamayo…pero eso es peccata minuta. Lo que importa ahora es su alegría en los colores, su abundancia en las formas, su sutileza en el sfumato, su gracia perfecta en el collage, su desparpajo patafísico, su rigor en el sueño y ese duende postista que reina como un giróvago tranquilo en las caliptras del deseo. Ese erotismo canalla, verde, adolescente, visto con los ojos de la inocencia, con la lisura de una obertura ritual de Ennio Morricone.
No pretendo descubrirles a un maestro nonagenario, que ya está descubierto por plumas señeras de la crítica y la poesía, pero si decirles que entre sus obras vagaba un sentimiento de emoción, un resplandor de blancura, de limpidez, que se alzó, como una montaña, cuando, con pudor y satisfacción, susurró aquello de: ¡Me alegro mucho de que les guste mi pintura! Si es posible, acérquense a ver esta muestra, estará abierta en Galería en Orfila, calle homónima nº 4, hasta el 10 de diciembre. ¡Saldrán reconfortados, agradecidos, encantados, con una mueca de placidez y una flor en el corazón, como yo!

La sensibilidad de Manuel está en cada una de sus obras.
Enhorabuena
Preciosa crítica, muchas gracias