Tomás Paredes – AICA Spain / AECA
Es arduo superar la tensión melancólica que el ehru alcanza, cuando canta sus cuitas, llevando sus notas de la lluvia al llanto, parsimonioso como gota de agua resbaladiza en el cristal. La palabra arte, por veces, deturpa la aprehensión de una emoción que sangra. La impresión que nos produce su elegiaco son, no es analizable, ya que nos eleva a un estadio de conmoción sentiente, que obnubila el pensamiento, dando paso a la contemplación de una maquia de libélulas y unicornios de envergadura onírica.

Suena el ehru y se detiene el tiempo, nos recluye en un ámbito privado, donde los sentidos deambulan sonámbulos de la mano del capricho. Las caliptras del anhelo abren sus espitas para que dancen mil giróvagos en la calántica violácea de las orquídeas. No sabemos a qué huele, pero el aroma se anchura y ocupa todas las aristas del deseo. Takiguchi Shuzo, 1903-1979, es el azar proteico del surrealismo universal.
La poética de Takiguchi es música, que sentimos y que no hace falta entender, forma parte de nuestro espíritu cuando vuela hacia nosotros. ¿Alguien se pregunta como florece cada segundo el camelio de nuestros pulmones? Nadie ha visto nunca tantos juguetes con escamas, tantas cometas emplumadas, tantos helechos de fuego, tantos luganos azules gorjeando, como surgen del Experimento poético, que aquí se asoma en fragmentos y anticipos.

Yurihito Otsuki es el ángel que habita las seclusas habitaciones de un bosque de auroras boreales. Donde los demás ven un osario de hallazgos irredentos, Otsuki encuentra manucodiatas cortejando a Leda, a Shuzo coronado por la banda pionera surrealista, a la hija de Cleopatra como hada, a un rubio bailarín ensayando danzas con las monarcas que regresan, a Maya descendiendo de la luna con ambuezas de mirto y de jazmines, custodiada por un ejército de cisnes blancos de cuello negro.
¿Cómo conciliar simbolismo y surrealismo, si no dejándose ir entre estas telas y estos versos? Arte, arteria aorta del cuerpo del espíritu, oxigena nuestras facultades a fin de que podamos saludar la limpidez sin sonrojarnos. Cuando el estiércol es más poderoso que la alhucema, algo esta desubicado, ¿nosotros?, ¿el mundo?, ¿ambos dos? No hay herida blanca que no cure la noche con su enajenada soledumbre. La luz que aquí se celebra arde como una tormenta de nieve enllamecida de cal.

¡Hay que ser valientes, ay, para atreverse a acariciar el fuego sin quemarse! Que es lo mismo que intentar trasladar la melodía del japonés a la del español sin bordear la tragedia. Mi corazón ignora lo que sabe cuando se trata de ti, animal salvaje que retoza en los versos de un aparecido. Pero, sabe que se trata de ti, que ha sido convocado por el gatopardo del destino, elegante como un dios jamás inaugurado en los altares del mundo.
¡Qué manera peculiar de celebrar la luz! El pintor, el traductor, recrea un idiolecto, con independencia de la representación. No es lo que se ve, es la lisura de su presencia, la dimensión de su latencia, la entidad argentina de la nieve. He sido, sólo un espectador privilegiado, que ha seguido la génesis de un chispazo, cuando la palabra se desnuda y la imagen se agazapa en el prodigio del signo, del símbolo.

No se trata de ilustrar, de transcrear, sino de transmitir le emoción de una epifanía, que proclama la inocencia de la espuma. Como cuando el océano enfurecido se encuentra con una mariposa a punto de naufragar; como un asalto de petunias a los ejércitos de la soledad. En la poesía de Takiguchi se percibe la melodía de lo porvenir; no es un sueño, es una anticipación, es una cantata de biwa alargándose hasta los bordes de todos los abismos.
En la pintura de Otsuki habita el tigre místico de los simbolistas que nunca dimitieron. Los ojos, las manos, las rosas, los cisnes como relámpagos, las nubes como cisnes, los espacios enigmáticos, Maya en el jardín dechiriquiano, el caracol danzante en un rectángulo del cielo, las aguas que espejean como el sonido demorado del ehru, los batallones del mar inventando nuevos sueños.
Aunque de origen chino, el ehru reina en el misterio melancólico nipón. Su oración es una sinergia de la iridiscencia que acelera la limerencia de la acendrada virtud, que encarna el palacio tibar de Takiguchi. Fundió la belleza en la ciencia y supo construir la tradición de un tiempo por llegar. Con la palabra, con la imagen, con el duende de la fragancia del macasar en sus decalcomanías.
El ehru, también conocido como nanhu o violín chino identifica la idiosincrasia del Sr. Otsuki más que su pintura, que no es melancólica. El ehru es vertical y su sonido se expande como imparable sentimiento mistérico ascensional. La biwa, que es horizontal, se abraza a las voces de Takiguchi, que oía un coro de nenúfares cuando creaba el pueblo de sus visiones sobre los estanques de jardines japoneses, que titilan como las hojas de los tilos con la brisa.
*Texto para la exposición de Yurihito Otsuki que inaugura el 13 de junio en la galería Nagai Garou de Tokio, comisariada por Tomás Paredes.


































































