Tomás Paredes – AICA Spain / AECA

Cuando hablabas con Emmanuel Paillet no sabías muy bien con quién debatías, si con Jean-Huges Sainmont, Anne de Latis, P. Lié, Mélanie le Plumet, Oktar Votka o Elme Le Pâle Mutin. Lo mismo sucede cuando das la mano a Luis Mayo, ¿es a Cumadí a quién saludas, a Juan Pájaro, Perul de Marras, Luis Miguel, un patafísico? Se ha repetido por doquier que Fernando Pessoa era un baúl lleno de gente; Luis Mayo, igual. De gente, que escribe, pinta, fabula, enseña, inventa, esculpe, reina, sonríe, empatiza, homenajea y viste con charretera de altivo almirante del Pequod, cuando la ocasión lo pide.
Todos saben que Luis Mayo Vega es profesor titular de la Facultad de Bellas Artes de la UCM, Doctor en Dibujo, que ha desempeñado distintos cargos, que pinta paisajes figurativos y que realiza objetos dada y futuristas. Todos conocen su amabilidad, su cordialidad, su simpatía reverencial y su sencillez contagiosa. Nadie ignora que tiene una larga trayectoria de exposiciones, premios y reconocimientos.
Lo que no todos conocen es su facilidad narrativa, su naturalidad expresiva, su brillante facultad para crear heterónimos, pseudónimos, máscaras, alias y otras yerbas. Luis es polímata de primer orden, no sólo inventa, sino que trufa sus textos de referencias históricas, cultas, irónicas. Su solercia abruma. Su imaginación enamora. Su ductilidad enseña. Su aroma embriaga. Su capacidad da envidia.
Lo mismo presenta en video un libro difícil, raro, complejo, con absoluta llaneza, que realiza un podcast eficaz, breve, rotundo. Luis Mayo es un hombre orquesta, hace sonar con armonía todos los instrumentos y consigue una melodía elegante y pegadiza a un tiempo. No es un hombre del Renacimiento, porque es actual, coetáneo nuestro, pero hubiere podido serlo.
Y además canta. Esto lo saben muy pocos, incluso algunos de su entorno lo ignoran, pero canta flamenco con quejío puro, en la senda de Manuel “Agujetas”. Siempre se niega, porque es un tímido irredento, pero el día que se lo pidan sus alumnos con ahínco y les cante, van a entrar en un paraíso abierto para pocos. Entre los pinceles y la danza, se inclinó por los primeros, pero ¡había que verlo valsar en El Lago de los Cisnes!
El pasado miércoles, en olor de multitud, algo que ahora no se lleva, inauguró en la Galería Estampa su muestra Ante el Jardín de las Delicias, homenaje a El Bosco, que no es una copia, por más que él lo reitere, sino una transcreación. Y acompaña sus pinturas de un texto importante en el catálogo, justificando su trabajo, no de la pintura, sino trazando el camino que le lleva a esta trasncreación, reconstruyendo la vida y andanzas de un copista, llamado Juan Pájaro Escalona.
Transcreación es un anglicismo resultante de la crasis de traslation y creation. Se trata de una traducción libre, no literal, que se convierte en una obra nueva, distinta. No es la paráfrasis, pero se le parece. La paráfrasis ya es usada por Fray Luis de León. Para algunos su fundador es el profesor Purushottama Lal, cuando vierte textos del sánscrito al inglés en 1957. Para otros, el inventor es el poeta brasileiro Haroldo de Campos. Se utiliza adunia en poesía, pero también en pintura, como ejemplifica el esteta Mayo.
Se trata de algo más que una copia de la obra de El Bosco, tan reproducida y conocida, una de las joyas del Museo del Prado, ad maiorem gloria de Felipe II, que no requiere comentario alguno. El Doctor Mayo traza una senda novelesca en la que se encuentra con el copista Juan Pájaro, que, al pedirle una carta de apoyo, traban amistad. Pájaro tiene una licencia para copiar El jardín de las delicias y Mayo al no poder hacerlo del original, por prohibición del Mueso, hace su copia de la copia de Pájaro, introduciendo elementos ajenos de la historia del arte y de su propio y fino humor.
Fray José de Sigüenza, jerónimo de prosa áurea, en su Fundación del Monasterio de El Escorial, le dedica alguna distinción a Bosch (c.1450-1516) resaltando su proceridad en que “los demás procuran pintar al hombre cual parece por defuera, este solo se atrevió a pintarle cual es por dentro”
Además de la obra maestra de Bosch, Mayo copia, saltándose a al torea las reglas, La Adoración de los Reyes Magos, logrando una celebración muy actual, muy veraz y muy creativa del gran maestro de Bolduque, venerado por Felipe de Guevara. Luis Mayo no olvida su amor al paisaje, ni sus manteles o sábanas blancas. Hay que destacar el tratamiento de las telas, magnífico, que imbrica cabe la iconografía bosquiana con una insólita destreza y excelente composición.
Es una exposición peculiar, distinta, de tesis. Con la muleta de Pájaro, Mayo aprovecha para entrelazar todos los tiempos, el pasado, el presente y el futuro en imágenes desconcertantes por la ambición de los retos que se plantea. Como un giróvago celeste, el pintor danza sobre los símbolos del pasado, sobre los emblemas religiosos, para ofrecer una melodía a ritmo de jazz donde sonríen las caliptras del deseo en glorioso epitalamio con los libres sueños.
El destartalado copista Pájaro lo mete de hoz y coz en la más pulcra trasncreación, compartiendo rarezas y golfemias, borracheras y miserias, hasta que vuela sin retorno, dejando a Mayo con su calor, con el color que aquilata su ritmo cromático para hacer una sucesión de variaciones al estilo de las Variaciones Golberg de Bach en las garrosas manos de Glenn Gould.
Mezcla sin ambages el pintor en su texto, los transitados héroes antañones, los mitos y los nuevos seres fantásticos del cine último de ficción con asombrosa ductilidad. El texto es para leer, no es una obviedad; porque a lo que debemos ir a la Galería Estampa, C/ Justiniano 6 -equidistante de la plaza de Santa Bárbara y de la plaza de París-, es a mirar la pintura, a ver qué se cuece en el fuego y la belleza del pecado; no a buscar dónde ha sido infiel u osado, si no a contemplar la actualización de una obra maestra hecha con una empatía manifiesta y una pincelada actual, cuando ya se pinta sin pincel.
